Poemas de Yehuda Amijai

Disfrutá de los mejores poemas de Yehuda Amijai.

Una vez, me senté en las gradas junto a una de las
puertas de la Ciudadela de David. Las dos pesadas
canastas, las puse a mi lado. Un grupo de turistas
estaba parado ahí alrededor del guía y les serví de
señal, de punto de referencia. “¿Veis a ese hombre
con las canastas? Un tanto a la derecha de su
cabeza hay un arco del período romano. Un tanto a
la derecha, encima de su cabeza”. “¡Pero se mueve,
se mueve!” Me dije: la redención vendrá sólo
cuando les digan: “¿Veis ahí ese arco del período
romano? No importa: pero junto a él, un tanto a la
izquierda y debajo de él, está sentado un hombre
que ha comprado fruta y verduras para su familia”.

En estas grandes salas con los ecos de voces que te llaman
como al rezo, yo pienso que también los números de los aviones
se deciden antes de las fechas de nacimiento,
o los días memoriales de una vida muy privada;
por eso, hay dulzura en su oído; por eso, tristeza.

Nos sentamos junto a una ventana pequeña, esperando,
y nos mostramos, el uno al otro, fotografías de otros tiempos:
éramos jugadores de un recuerdo.

El gran reloj sobre nosotros
también es uno de los relojes de mano de Dios
como los que están en las torres y en las plazas.

Alzamos la copa de vino,
la primera contra la segunda,
“¡que jamás cambie nada!”,
y cruzamos las resplandecientes puertas;
después, cada cual en su puerta y en su tiempo.

Nos sentamos en una sala de espera y platicamos
con voces entrecortadas, como mecanizaciones
de instrumentos en una orquesta
respecto de la gran escena arriba.
Esperamos al director. Esperamos
al que esparza al viento. Seremos como paja al viento:
los que resten, caerán pesados como granos de trigo.

Somos una familia del mañana, una tribu del porvenir,
sobre los muros alrededor de grandes imágenes
de tierras de alegría y belleza, de muslos bronceados
y felices rostros y castillos y lagunas,
de pueblos que tienen himnos poderosos
y llenos de esperanza, pero son tristes las melodías
que saben toda la verdad. Acaso no las palabras.

Ahora se abre una apertura estrecha y un canal estrecho, como al nacer.
Somos ciento cincuenta embriones, ciento cincuenta
testamentos firmados, ciento cincuenta salmos:
una parte viene de los estrechos de alta mar;
la otra, del oasis del césped celestial.

Y nos dividen en ricos y pobres,
en fumadores y no fumadores,
en amantes y no amantes.

Y una azafata pide a cada uno que done
fuerza a los motores, como una donación de sangre.
Yo dono la energía
de mi primer amor en las montañas de Jerusalén.

El avión despega. Saco una carta que recibí antes de salir.
La abro y la leo en las alturas,
a 30,000 pies. La carta ha cambiado.

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Israel.QR es una iniciativa de La Agencia Judía para Israel en conjunto con todas las instituciones participantes.

Poemas de Yehuda Amijai

Disfrutá de los mejores poemas de Yehuda Amijai.

Una vez, me senté en las gradas junto a una de las
puertas de la Ciudadela de David. Las dos pesadas
canastas, las puse a mi lado. Un grupo de turistas
estaba parado ahí alrededor del guía y les serví de
señal, de punto de referencia. “¿Veis a ese hombre
con las canastas? Un tanto a la derecha de su
cabeza hay un arco del período romano. Un tanto a
la derecha, encima de su cabeza”. “¡Pero se mueve,
se mueve!” Me dije: la redención vendrá sólo
cuando les digan: “¿Veis ahí ese arco del período
romano? No importa: pero junto a él, un tanto a la
izquierda y debajo de él, está sentado un hombre
que ha comprado fruta y verduras para su familia”.

En estas grandes salas con los ecos de voces que te llaman
como al rezo, yo pienso que también los números de los aviones
se deciden antes de las fechas de nacimiento,
o los días memoriales de una vida muy privada;
por eso, hay dulzura en su oído; por eso, tristeza.

Nos sentamos junto a una ventana pequeña, esperando,
y nos mostramos, el uno al otro, fotografías de otros tiempos:
éramos jugadores de un recuerdo.

El gran reloj sobre nosotros
también es uno de los relojes de mano de Dios
como los que están en las torres y en las plazas.

Alzamos la copa de vino,
la primera contra la segunda,
“¡que jamás cambie nada!”,
y cruzamos las resplandecientes puertas;
después, cada cual en su puerta y en su tiempo.

Nos sentamos en una sala de espera y platicamos
con voces entrecortadas, como mecanizaciones
de instrumentos en una orquesta
respecto de la gran escena arriba.
Esperamos al director. Esperamos
al que esparza al viento. Seremos como paja al viento:
los que resten, caerán pesados como granos de trigo.

Somos una familia del mañana, una tribu del porvenir,
sobre los muros alrededor de grandes imágenes
de tierras de alegría y belleza, de muslos bronceados
y felices rostros y castillos y lagunas,
de pueblos que tienen himnos poderosos
y llenos de esperanza, pero son tristes las melodías
que saben toda la verdad. Acaso no las palabras.

Ahora se abre una apertura estrecha y un canal estrecho, como al nacer.
Somos ciento cincuenta embriones, ciento cincuenta
testamentos firmados, ciento cincuenta salmos:
una parte viene de los estrechos de alta mar;
la otra, del oasis del césped celestial.

Y nos dividen en ricos y pobres,
en fumadores y no fumadores,
en amantes y no amantes.

Y una azafata pide a cada uno que done
fuerza a los motores, como una donación de sangre.
Yo dono la energía
de mi primer amor en las montañas de Jerusalén.

El avión despega. Saco una carta que recibí antes de salir.
La abro y la leo en las alturas,
a 30,000 pies. La carta ha cambiado.

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